Y dicho esto, se alejó del grupo.

—Siento mucho haber tocado, sin saberlo, una cuestión tan delicada,—dijo el padre Sibyla con pesar.—Pero, al fin, si se ha ganado en el cambio de pueblo...

—¡Qué se ha de ganar! Y ¿lo que se pierde en los traslados... y los papeles... y las... y todo lo que se extravía?—interrumpió balbuciente, sin poder contener su ira, fray Dámaso.

Poco á poco volvió la reunión á su antigua tranquilidad.

Habían llegado otras personas, entre ellas un viejo español, cojo, de fisonomía dulce é inofensiva, apoyado en el brazo de una vieja filipina, llena de rizos y pinturas y vestida á la europea.

El grupo les saludó amistosamente; el doctor de Espadaña y su señora, la doctora doña Victorina, se sentaron entre nuestros conocidos. Veíase á algunos periodistas y almaceneros saludarse, discurrir de un lado á otro sin saber qué hacer.

—Pero ¿me puede usted decir, señor Laruja, qué tal es el dueño de la casa?—preguntó el joven rubio.—Yo todavía no he sido presentado.

—Dicen que ha salido: yo tampoco le he visto.

—¡Aquí no hay necesidad de presentaciones!—intervino fray Dámaso.—Santiago es un hombre de buena pasta.

—Un hombre que no ha inventado la pólvora,—añadió Laruja.