—¡También usted, señor de Laruja!—exclamó con meloso reproche doña Victorina, abanicándose.—¿Cómo podía el pobre inventar la pólvora, si, según dicen, la habían ya inventado los chinos siglos hace?

—¿Los chinos? ¿Está usted loca?—exclamó fray Dámaso.—¡Quite usted! ¡La ha inventado un franciscano, uno de mi orden, fray no sé cuántos Savalls[8] en el siglo... siete!

—¡Un franciscano!—Bueno; ése habrá estado de misionero en China, ese padre Savalls,—replicó la señora, que no dejaba así sus ideas.

—Schwartz querrá usted decir, señora,—repuso fray Sibyla sin mirarla.

—No lo sé; fray Dámaso ha dicho Savalls: ¡yo no hago más que repetir!

—¡Bien! Savalls ó Chevás, ¿qué más da? ¡Por una letra no se queda chino!—replicó malhumorado el franciscano.

—Y en el siglo catorce, no en el siete,—añadió el dominico en tono de correctivo, como para mortificar el orgullo del otro.

—¡Bueno, un siglo más ó un siglo menos tampoco le hace dominico!

—¡Hombre, no se enfade V. R.!—dijo el padre Sibyla sonriendo.—Tanto mejor que lo haya inventado él; así les ha ahorrado ese trabajo á sus hermanos.

—Y ¿dice usted, padre Sibyla, que fué eso en el siglo catorce?—preguntó con gran interés doña Victorina;—¿antes ó después de Cristo?