Armóse un tumulto, como era consiguiente. Paróse el predicador, enarcó las cejas, sorprendido de tanto escándalo. La indignación ahogó la palabra en su garganta y sólo consiguió berrear, golpeando con sus puños la tribuna. Esto produjo su efecto: la vieja soltó el zueco refunfuñando y, santiguándose repetidas veces, se puso devotamente de rodillas.
—«¡Aaah! ¡aaah!—pudo al fin exclamar el indignado sacerdote, cruzando los brazos y agitando la cabeza; ¡para eso os predico yo aquí toda la mañana, salvajes! Aquí, en la casa de Dios, reñís y decís malas palabras, ¡desvergonzados! ¡Aaaaah! ¡ya no respetáis nada!... ¡Esta es la obra de la lujuria é incontinencia del siglo! ¡Ya lo decía, aaah!
Y sobre este tema siguió predicando por espacio de media hora. El alcalde roncaba, María Clara cabeceaba: la pobrecita no podía resistir el sueño, no teniendo ya ninguna pintura ni imagen que analizar ni en que distraerse. A Ibarra ya no le hacían mella las palabras, ni las alusiones; pensaba ahora en una casita en la cima de un monte y veía á María Clara en un jardín. ¡Que en el fondo del valle se arrastren los hombres en sus miserables pueblos!
El padre Salví había hecho tocar dos veces la campanilla, pero esto era echar leña al fuego: fray Dámaso era terco y prolongó más el sermón. Fray Sibyla se mordía los labios y arreglaba repetidas veces sus anteojos de cristal de roca montados en oro: fray Manuel Martín era el único que parecía escuchar con placer, pues sonreía.
Por fin, dijo Dios basta: el orador se cansó y bajó del púlpito.
Todos se arrodillaron para dar gracias á Dios. El alcalde se restregó los ojos, extendió un brazo como para desperezarse, soltando un ¡ah! profundo y bostezando.
Continuó la misa.
Cuando, al cantar Balbino y Chananay el Incarnatus est, todos se arrodillaban y los sacerdotes bajaban la cabeza, un hombre murmuró al oído de Ibarra: «¡En la ceremonia de la bendición no os alejéis del cura, no descendáis al foso, no os acerquéis á la piedra, que os va la vida en ello!»
Ibarra vió á Elías, que, dicho esto, se perdía entre la muchedumbre.