Y viendo cerradas las puertas, se salió por la sacristía con gran escándalo de la gente y del predicador, que se puso pálido y se detuvo á la mitad de su frase; algunos esperaban un violento apóstrofe, pero el P. Dámaso se contentó con seguirle con la vista y prosiguió su sermón.
Se desencadenaron maldiciones contra el siglo, contra la falta de respeto, la naciente irreligiosidad. Este asunto parecía su fuerte, pues se mostraba inspirado y se expresaba con fuerza y claridad. Habló de los pecadores que no se confiesan, que mueren en las cárceles sin sacramentos, de familias malditas, de mesticillos orgullosos y soplados, de jóvenes sabiondos, filosofillos ó pilosopillos, de abogadillos, estudiantillos, etc. Conocida es la costumbre que tienen muchos cuando quieren ridiculizar á sus enemigos: sacan en todo la terminación en illo, porque el cráneo parece no dar otra cosa, y se quedan muy felices.
Ibarra lo oía todo y comprendía las alusiones. Conservando una aparente tranquilidad, buscaba con los ojos á Dios y á las autoridades, pero allí no había más que imágenes de santos, y el alcalde dormitaba.
Entretanto el entusiasmo del predicador subía por grados. Hablaba de los antiguos tiempos en que todo filipino, al encontrar á un sacerdote, se descubría, doblaba una rodilla en tierra y le besaba una mano.—«¡Pero ahora—añadía—sólo os quitáis el salakot ó el sombrero de castorillo, que colocáis medio ladeado sobre vuestra cabeza para no desarreglar el peinado! Os contentáis con decir: buenos días, ¡among![7], y hay orgullosos estudiantillos de poco latín, que por haber estudiado en Manila ó en Europa, se creen con derecho á estrecharnos la mano en lugar de besarla... ¡Ah! ¡el día del juicio pronto viene, el mundo se acaba, muchos santos lo han profetizado! ¡va á llover fuego, piedra y ceniza para castigar nuestra soberbia!»
Y exhortaba al pueblo á que no imitase á esos salvajes, sino que los huyese y aborreciese, porque estaban excomulgados.
—«¡Oid lo que dicen los santos Concilios!—clamaba.—Cuando un indio encontrare en la calle á un cura, doblará la cabeza y ofrecerá el cuello para que el among se apoye en él; si el cura y el indio van á caballo ambos, entonces el indio se parará, se quitará el salakot ó sombrero reverentemente; en fin, si el indio va á caballo y el cura á pie, el indio bajará del caballo y no volverá á montar hasta que el cura le diga: ¡Sulung![8] ó esté ya muy lejos. Esto dicen los santos Concilios, y el que no obedezca estará excomulgado.»
—Y ¿cuándo uno monta un carabao?—pregunta un escrupuloso labriego á su vecino.
—¡Entonces... sigue adelante!—contesta éste, que es un casuista.
Pero á pesar de los gritos y gestos del predicador muchos se dormían ó distraían, pues aquellos sermones eran los de siempre y de todos: en vano algunas devotas trataron de suspirar y de lloriquear sobre los pecados de los impíos; tuvieron que desistir de su empresa por falta de socios. La misma hermana Putê pensaba todo lo contrario. Un hombre sentado á su lado se había de tal manera dormido, que se cayó sobre ella, descomponiéndole el hábito: la buena anciana cogió su zueco y á golpes empezó á despertarle, gritando:
—¡Ay! ¡quita salvaje, animal, demonio, carabao, perro, condenado!