—¡Silencio!—contesta el otro,—que nos oye su mujer...
Entretanto, el P. Dámaso, en vez de rezar el avemaría, reñía á su Espíritu Santo por haber saltado tres de sus mejores párrafos, tomaba dos merengues y un vaso de Málaga, seguro de encontrar en ellos mayor inspiración que en todos los Espíritus santos ya sean de madera en figura de paloma, ya de carne bajo la forma de un distraido fraile. Iba á empezar con el sermón tagalo.
La vieja devota da otro cogotazo á su nieta, quien despierta malhumorada y pregunta:
—¿Es hora ya de llorar?
—¡Aún no, pero no te duermas, condenada!—contestó la buena abuela.
De la 2.a parte del sermón, ó sea del tagalo no tenemos más que ligeros apuntes. El P. Dámaso improvisaba en este idioma, no porque lo poseyese mejor, sino porque, teniendo á los filipinos de provincia por ignorantes en retórica, no temía cometer disparates delante de ellos. Con los españoles ya era otra cosa: había oido hablar de reglas de la oratoria y entre sus oyentes podía haber alguno que hubiese saludado las aulas, acaso el señor alcalde mayor; por lo cual escribía sus sermones, los corregía, los limaba y después se los aprendía de memoria y se ensayaba unos dos días antes.
Es fama que ninguno de los presentes comprendió el conjunto del sermón: eran tan obtusos de entendimiento y el predicador era muy profundo, como decía hermana Rufa; así que el auditorio esperó en vano una ocasión para llorar, y la condenada nieta de la vieja beata volvió á dormirse.
No obstante, esta parte tuvo más consecuencias que la primera, al menos para ciertos oyentes, como veremos más adelante.
Empezó con un Maná capatir con cristiano[4], al que siguió una avalancha de frases intraducibles; habló del alma, del Infierno, del mahal na santo pintacasi[5], de los pecadores indios y de los virtuosos Padres Franciscanos.
—¡Menche![6]—dijo uno de los irreverentes manileños á su compañero;—eso está en griego para mí, yo me voy.