Con la música venían el alcalde, los munícipes, los frailes, menos el padre Dámaso, y los empleados españoles. Ibarra conversaba con el primero, de quien se había hecho muy amigo desde que le dirigiera unos finos cumplidos por sus condecoraciones y bandas: los humos aristocráticos eran el flaco de S. E. capitán Tiago; el alférez y algunos ricos más iban en la dorada pléyade de las jóvenes que lucían sus sombrillas de seda. El padre Salví seguía, como siempre, silencioso y pensativo.
—Cuente usted con mi apoyo siempre que se trate de una buena acción,—decía el alcalde á Ibarra;—yo le proporcionaré cuanto usted necesite, y si no, haré que se lo proporcionen los otros.
A medida que se iban acercando, sentía el joven palpitar su corazón. Instintivamente dirigió una mirada á la extraña andamiada, allí levantada; vió al hombre amarillo saludarle respetuosamente y fijar en él un momento la vista. Con sorpresa descubrió á Elías, quien con un significativo pestañeo le dió á entender se acordase de lo que le había dicho en la iglesia.
El cura se puso las vestiduras sacerdotales y empezó la ceremonia: el tuerto sacristán mayor tenía el libro, y un monaguillo el hisopo y la vasija de agua bendita. Los demás, en derredor, de pie y descubiertos, guardaban un tan profundo silencio, que, á pesar de leer en voz baja, se conocía que temblaba la voz del padre Salví.
Entretanto se había colocado en la caja de cristal cuanto había que poner, como manuscritos, periódicos, medallas, monedas, etc., y el todo encerrado dentro del cilindro de plomo y herméticamente soldado.
—Señor Ibarra, ¿quiere usted colocar la caja en su sitio? ¡El cura espera á usted!—murmuró el alcalde al oído del joven.
—Con mucho gusto,—murmuró éste;—pero usurparía ese honroso deber al señor escribano: ¡el señor escribano debe dar fe del acto!
El escribano lo tomó gravemente, descendió la alfombrada escalera que conducía al fondo de la excavación, y con la solemnidad conveniente lo depositó en el hueco de la piedra. El cura cogió entonces el hisopo y roció las piedras con agua bendita.
Llegó el momento de poner cada uno su cucharada de lechada sobre la superficie del sillar, que yacía en el foso, para que el otro se adaptase bien y se agarrase.
Ibarra presentó al alcalde una llana de albañil, sobre cuya ancha hoja de plata estaba grabada la fecha; pero S. E. pronunció antes una alocución en castellano.