«¡Vecinos de San Diego!—dijo con grave acento: tenemos el honor de presidir una ceremonia de una importancia que vosotros comprenderéis sin que Nos os lo digamos. Se funda una escuela; la escuela es la base de la sociedad, la escuela es el libro donde está escrito el porvenir de los pueblos! Enseñadnos la escuela de un pueblo, y os diremos qué pueblo es.

«¡Vecinos de San Diego! ¡Bendecid á Dios, que os ha dado virtuosos sacerdotes, y al gobierno de la madre patria que difunde incansable la civilización en estas fértiles islas, amparadas por ella bajo su glorioso manto! ¡Bendecid á Dios, que se ha apiadado de vosotros trayéndoos estos humildes sacerdotes que os iluminan y os enseñan la divina palabra! ¡Bendecid al Gobierno que tantos sacrificios ha hecho, hace y hará por vosotros y por vuestros hijos!

«¡Y ahora que se bendice la primera piedra de este tan transcendental edificio. Nos, alcalde mayor de esta provincia, en nombre de S. M. el rey, que Dios guarde, rey de las Españas, en nombre del preclaro gobierno español, y al amparo de su pabellón inmaculado y siempre victorioso, Nos consagramos este acto y principiamos la edificación de esta escuela!

«¡Vecinos de San Diego, viva el rey! ¡Viva España! ¡Vivan los religiosos! ¡Viva la religión católica!»

—¡Viva! ¡viva!—contestaron muchas voces,—¡viva el señor alcalde!

Este descendió después majestuoso á los acordes de la música que empezó á tocar; depositó unas cuantas cucharadas de lechada sobre la piedra y con igual majestad que al principio volvió á subir.

Los empleados aplaudieron.

Ibarra ofreció otra cuchara de plata al cura que, después de fijar los ojos en él un momento, descendió lentamente. A la mitad de la escalera levantó la vista para mirar la piedra que colgaba sujeta por los poderosos cables, pero fué sólo un segundo, y continuó descendiendo. Hizo otro tanto que el alcalde, pero esta vez se oyeron más aplausos: á los empleados se habían agregado algunos frailes y capitán Tiago.

El padre Salví parecía que buscaba á alguien á quien entregar la cuchara; miró como dudoso á María Clara, pero cambiando de opinión se la ofreció al escribano. Este, por galantería se acerca á María Clara, quien rehusa sonriendo. Los frailes, los empleados y el alférez bajan todos uno tras otro. Capitán Tiago no fué olvidado.

Faltaba Ibarra, y ya se iba á ordenar que el hombre amarillo hiciese descender la piedra, cuando el cura se acordó del joven, diciéndole en tono de broma y afectando familiaridad: