—¿No mete usted su cuchara, señor Ibarra?

—¡Sería un Juan Palomo; yo me lo guiso y yo me lo como!—contestó éste en el mismo tono.

—¡Ande usted!—dijo el alcalde empujándole suavemente; si no, doy orden de que no descienda la piedra y nos estaremos aquí hasta el día del juicio.

Ante tan terrible amenaza, Ibarra tuvo que obedecer. Cambió la pequeña llana de plata por otra grande de hierro, lo que hizo sonreir á algunas personas, y adelantóse tranquilamente. Elías le miraba con expresión indefinible; al verle, se habría dicho que toda su vida se reconcentraba en sus ojos. El hombre amarillo miraba al abismo abierto á sus pies.

Ibarra, después de dirigir una rápida mirada al sillar que pendía sobre su cabeza y otra á Elías y al hombre amarillo, dijo á ñor Juan con voz algo temblorosa:

—¡Dadme el cubo y buscadme otra llana arriba!

El joven quedó sólo. Elías ya no le miraba: sus ojos estaban clavados en la mano del hombre amarillo, que inclinado á la fosa, seguía con ansia los movimientos del joven.

Oíase el ruido de la cuchara removiendo la masa de arena y cal al través de un débil murmullo de los empleados, que felicitaban al alcalde por su discurso.

De repente un estrépito estalla: la polea, atada á la base de la cabria, salta y tras ella el torno que golpea el aparato como un ariete: los maderos vacilan, vuelan las ligaduras y todo se derrumba en un segundo y con espantoso estruendo. Una nube de polvo se levanta: un grito de horror, compuesto de mil voces, llena el aire. Huyen y corren casi todos, muy pocos se precipitan al foso. Solamente María Clara y el padre Salví permanecen en su sitio sin poderse mover, pálidos y sin palabra.

Cuando la polvareda se hubo algún tanto desvanecido, vieron á Ibarra de pie, entre vigas, cañas, cables, entre el torno y la mole de piedra, que al descender tan rápidamente, todo lo había sacudido y aplastado. El joven tenía aún en su mano la cuchara y miraba con ojos espantados el cadáver de un hombre, que yacía á sus pies, medio sepultado entre las vigas.