—¿No se ha muerto usted?—¿Vive usted todavía?—¡Por Dios hable usted!—decían algunos empleados, llenos de terror é interés.

—¡Milagro! ¡Milagro!—gritaron algunos.

—¡Venid y sacad el cadáver de este desgraciado!—dijo Ibarra, como despertando de un sueño.

Al oir su voz, María Clara sintió que la abandonaban las fuerzas y cayó medio desmayada en brazos de sus amigas.

Reinaba una gran confusión: todos hablaban, gesticulaban, corrían de un lado á otro, bajaban á la fosa, subían, todos aturdidos y consternados.

—¿Quién es el muerto? ¿Vive todavía?—preguntaba el alférez.

Reconocieron en el cadáver al hombre amarillo que estaba de pie al lado del torno.

—¡Que procesen al maestro de obras!—fué lo primero que pudo decir el alcalde.

Examinaron el cadáver, pusieron la mano sobre el pecho, pero el corazón ya no latía. El golpe le había alcanzado en la cabeza y la sangre brotaba por las narices, boca y oídos. Vieron en el cuello unas huellas extrañas: cuatro depresiones profundas por un lado y una por el opuesto aunque algo más grande: al verlas se habría creído que una mano de acero le había cogido como una tenaza.

Los sacerdotes felicitaban calurosamente al joven, estrechaban su mano. El franciscano de aspecto humilde, que servía de Espíritu Santo al P. Dámaso, decía con ojos llorosos: