—¡Dios es justo, Dios es bueno!

—¡Cuando pienso que momentos antes estaba allí!—decía uno de los empleados á Ibarra,—¡digo! si llego á ser el último, ¡Jesús!

—¡A mí se me ponen los pelos de punta!—decía otro medio calvo.

—¡Y bueno que á usted le pasó eso y no á mí!—murmuraba tembloroso aún un viejo.

—¡Don Pascual!—exclamaron algunos españoles.

—Señores, decía eso porque el señor no se ha muerto: yo, si no salía aplastado, me habría muerto después con sólo pensar en ello.

Pero Ibarra ya estaba lejos enterándose del estado de María Clara.

—¡Que esto no impida que la fiesta continúe, señor de Ibarra!—decía el alcalde—¡alabado sea Dios! El muerto no es sacerdote, ni español. Hay que festejar su salvación de usted. ¡Mire que si le coge la piedra debajo!

—¡Hay presentimientos, hay presentimientos!—exclamaba el escribano;—yo ya lo decía: El señor Ibarra no bajaba á gusto. ¡Yo ya lo veía!

—¡El muerto es no más que un indio!