—¡Que siga la fiesta! ¡Música! ¡no resucita al muerto la tristeza! ¡Capitán, aquí se practicarán las diligencias!... ¡Que venga el directorcillo!... ¡Preso el maestro de obras!
—¡Al cepo con él!
—¡Al cepo! ¡Eh! ¡música, música! ¡Al cepo el maestrillo!
—Señor alcalde, repuso gravemente Ibarra: si la tristeza no ha de resucitar al muerto, menos lo conseguirá la prisión de un hombre sobre cuya culpabilidad nada sabemos. Yo salgo garante de su persona y pido su libertad por estos días al menos.
—¡Bien! ¡bien! pero ¡que no reincida!
Circulaban toda clase de comentarios. La idea del milagro era ya cosa admitida. Fr. Salví parecía, sin embargo, alegrarse poco del milagro, que á un santo de su corporación y de su parroquia atribuían.
No faltó también quien añadiera haber visto bajar al foso, mientras todo se desplomaba, una figura vestida de un traje oscuro como el de los franciscanos. No había duda: era el mismo San Diego. Súpose también que Ibarra había oído misa y el hombre amarillo nó; claro como la luz del sol.
—¿Ves? tú no querías oír misa,—decía una madre á su hijo;—si no te llego á pegar para obligarte, ahora irías tu al tribunal como ese, ¡en carreta!
En efecto el hombre amarillo ó su cadáver, envuelto en una estera, era conducido al tribunal.
Ibarra corría á su casa para mudarse.