—Cuando la justicia de los hombres quiera aclarar este misterio, os suplico no habléis á nadie de la advertencia que os hice en la iglesia.

—Descuidad,—contestó el joven con cierto tono de disgusto;—sé que os persiguen, pero yo no soy ningún delator.

—¡Oh, no es por mí, no es por mí!—exclamó con cierta viveza y altivez Elías;—es por vos: yo no temo nada de los hombres.

La sorpresa de nuestro joven se aumentó: el tono con que hablaba aquel campesino, antes piloto, era nuevo y no parecía estar en relación ni con su estado ni su fortuna.

—¿Qué queréis decir?—preguntó interrogando con sus miradas á aquel hombre misterioso.

—Yo no hablo por enigmas, procuro expresarme con claridad. Para mayor seguridad vuestra, es menester que os tengan por desprevenido y confiado vuestros enemigos.

Ibarra retrocedió.

—¿Mis enemigos? ¿Tengo enemigos?

—¡Todos los tenemos, señor, desde el más pequeño insecto hasta el hombre, desde el más pobre al más rico y poderoso! ¡La enemistad es la ley de la vida!

Ibarra miró en silencio á Elías.