—Si creyese en milagros, no creería en Dios: creería en un hombre deificado, creería que efectivamente el hombre había criado á Dios á su imagen y semejanza,—contestó solemnemente:—pero yo creo en El; he sentido más de una vez su mano. Cuando todo se derrumbaba amenazando destrucción á cuanto se encontraba en el sitio, yo, yo sujeté al criminal, me puse al lado suyo: él fué herido y yo estoy sano y salvo.

—¿Vos? ¿de manera que vos?...

—¡Sí! yo le sujeté cuando quería escaparse, una vez comenzada su obra fatal: yo vi su crimen. Y os digo: sea Dios el único juez entre los hombres, sea El el único que tenga derecho sobre la vida; ¡que el hombre no piense nunca en sustituirle!

—Y sin embargo, vos esta vez...

—¡No!—interrumpió Elías adivinando la objeción,—no es lo mismo. Cuando el hombre condena á los otros á muerte ó destruye para siempre su porvenir, lo hace á mansalva y dispone de la fuerza de otros hombres para ejecutar sus sentencias, que después de todo pueden ser equivocadas ó erróneas. Pero yo, al exponer al criminal en el mismo peligro que él ha preparado á los otros, participaba de los mismos riesgos. Yo no le maté, dejé que la mano de Dios le matara.

—¿No creéis en la casualidad?

—Creer en la casualidad es como creer en milagros: ambas cosas suponen que Dios desconoce el porvenir. ¿Qué es milagro? Una contradicción, un trastorno de las leyes naturales. Imprevisión y contradicción en la Inteligencia que dirige la máquina del mundo significan dos grandes imperfecciones.

—¿Quién sois?—volvió á preguntar Ibarra con cierto temor;—¿habéis estudiado?

—He tenido que creer mucho en Dios, porque he perdido la fe en los hombres,—contestó el piloto eludiendo la pregunta.

Ibarra creyó comprender á aquel joven perseguido: negaba la justicia humana, desconocía el derecho del hombre á juzgar á sus iguales, protestaba contra la fuerza y la superioridad de ciertas clases sobre las otras.