—Con todo, debéis admitir la necesidad de la justicia humana, por imperfecta que ella pueda ser,—repuso.—Dios, por más ministros que tenga en la tierra, no puede, es decir, no dice claramente su juicio para dirimir los millones de contiendas que suscitan nuestras pasiones. ¡Es menester, es necesario, es justo que el hombre juzgue alguna vez á sus semejantes!

—Sí, para hacer el bien, no el mal, para corregir y mejorar, no para destruir, porque si fallan sus juicios, él no tiene el poder de remediar el mal que ha hecho. Pero, añadió cambiando de tono, esta discusión está por encima de mis fuerzas, y os entretengo ahora que os esperan. No olvidéis lo que yo os acabo de decir: tenéis enemigos; conservaos para el bien de vuestro país.

Y se despidió.

—¿Cuándo os volveré á ver?—preguntó Ibarra.

—Siempre que queráis y siempre que os pueda ser útil. ¡Aún soy vuestro deudor!

XXXIV

La comida

Allá bajo el adornado kiosco comían los grandes hombres de la provincia.

El alcalde ocupaba un extremo de la mesa; Ibarra, el otro. A la derecha del joven se sentaba María Clara, y el escribano á su izquierda. Capitán Tiago, el alférez, el gobernadorcillo, los frailes, los empleados y las pocas señoritas que se habían quedado se sentaban, no según el rango, sino según sus aficiones.