La comida era bastante animada y alegre, pero, á la mitad de ella, vino un empleado de telégrafos en busca de Cpn. Tiago, trayendo un parte. Capitán Tiago pide naturalmente permiso para leerlo, y naturalmente todos se lo suplican.
El digno Capitán frunce primero las cejas, después las levanta: su rostro palidece, se ilumina y, doblando precipitadamente el pliego y levantándose:
—¡Señores,—dice azorado,—S. E. el Capitán general viene esta tarde á honrar mi casa!
Y echa á correr llevándose el parte y la servilleta, pero sin sombrero, acosado por exclamaciones y preguntas.
El anuncio de la venida de los tulisanes no habría producido más efecto.
—¡Pero oiga usted!—¿Cuándo viene?—¡Cuéntenos usted!—¡Su Excelencia!
Capitán Tiago ya estaba lejos.
—¡Viene S. E. y se hospeda en casa de Cpn. Tiago!—exclaman algunos sin considerar que allí estaban la hija y el futuro yerno.
—¡La elección no podía ser mejor!—repuso éste.
Los frailes se miran unos á otros; la mirada quería decir: «El Capitán general comete una de las suyas; nos ofende»; piensan así, se callan y nadie expresa su pensamiento.