—Ya me habían hablado de eso ayer,—dice el alcalde,—pero entonces S. E. no estaba aún decidido.
—¿Sabe V. E, señor alcalde, cuánto tiempo piensa el Capitán general quedarse aquí?—pregunta inquieto el alférez.
—Con certeza no; á S. E. le gusta dar sorpresas.
—¡Aquí vienen otros partes!
Eran para el alcalde, el alférez y el gobernadorcillo, anunciando lo mismo: los frailes notan bien que ninguno va dirigido al cura.
—¡S. E. llegará á las cuatro de la tarde, señores!—dice el alcalde solemnemente;—podemos comer con tranquilidad!
Mejor no podía haber dicho Leonidas en las Termópilas: «¡Esta noche cenaremos con Plutón!»
La conversación volvió á tomar su curso ordinario.
—¡Noto la ausencia de nuestro gran predicador!—dice tímidamente uno de los empleados, de aspecto inofensivo, que no había abierto la boca hasta el momento de comer y hablaba ahora por primera vez en toda la mañana.
Todos los que sabían la historia del padre de Crisóstomo hicieron un movimiento y un guiño que querían decir: «¡Ande usted! ¡Al primer tapón zurrapas!» pero algunos más benévolos contestaron: