—Debe usted estar algo cansado...
—¿Qué algo?—exclama el alférez;—rendido debe estar y, como dicen por aquí, malunqueado. ¡Cuidado con la plática!
—¡Un sermón soberbio, gigante!—dice el escribano.
—¡Magnífico, profundo!—añade el corresponsal.
—Para poder hablar tanto, se necesita tener los pulmones que él tiene,—observa el P. Manuel Martín.
El agustino no le concedía más que pulmones.
—Y la facilidad de expresarse,—añade el P. Salví.
—¿Saben ustedes que el señor de Ibarra tiene el mejor cocinero de la provincia?—dice el alcalde cortando la conversación.
—Eso decía, pero su hermosa vecina no quiere honrar la mesa, pues apenas prueba bocado,—repuso uno de los empleados.
María Clara se ruborizó.