—Doy gracias al señor ... se ocupa demasiado de mi persona,—balbuceó tímidamente,—pero...

—Pero que la honra usted bastante con sola su asistencia,—concluyó el galante alcalde, y volviéndose al P. Salví:

—Padre cura,—añadió en voz alta,—noto que todo el día está V. R. callado y pensativo...

—¡El señor alcalde es un terrible observador!—exclama el P. Sibyla en un tono particular.

—Esa es mi costumbre,—balbucea el franciscano;—me gusta más oir que hablar.

—¡V. R. atiende siempre á ganar y no perder!—dice en tono de broma el alférez.

El P. Salví no tomó la cosa á broma: su mirada brilló un momento y replicó:

—¡Ya sabe bien el señor alférez que estos días no soy yo el que más gana ó pierde!

El alférez disimuló el golpe con una falsa risa y no se dió por aludido.

—Pero, señores, yo no comprendo cómo se puede hablar de ganancias ó pérdidas,—interviene el alcalde;—¿qué pensarían de nosotros esas amables y discretas señoritas, que nos honran con su presencia? Para mí, las jóvenes son como las arpas eólicas en medio de la noche: hay que escucharlas y prestar atento oído, para que sus inefables armonías, que elevan al alma á las celestiales esferas de lo infinito y de lo ideal...