—¡V. E. está poetizando!—dice alegremente el escribano, y ambos apuran la copa.

—No puedo menos,—dice el alcalde limpiándose los labios;—la ocasión, si no siempre hace al ladrón, hace al poeta. En mi juventud compuse versos, y por cierto, no malos.

—¡De modo que V. E. ha sido infiel á las musas por seguir á Temis!—dice enfáticamente nuestro mítico ó mitólogo corresponsal.

—¡Psh! ¿qué quiere usted? Recorrer toda la escala social fué siempre mi sueño. Ayer recogía flores y entonaba cantos, hoy empuño la vara de la justicia y sirvo á la humanidad, mañana...

—Mañana arrojará V. E. la vara al fuego para calentarse con ella en el invierno de la vida y tomará una cartera de ministro,—añade el P. Sibyla.

—¡Psh! sí... no... ser ministro no es precisamente mi bello ideal: cualquier advenedizo lo llega á ser. Una villa en el norte para pasar el verano, un hotel en Madrid y unas posesiones en Andalucía para el invierno... ¡Viviremos acordándonos de nuestra querida Filipinas!... De mí no dirá Voltaire: Nous n’avons jamais été chez ces peuples que pour nous y enrichir et pour les calomnier[1].

Los empleados creyeron que S. E. había dicho una gracia y se echaron á reir celebrándola; los frailes los imitaron, pues no sabían que Volter era el Voltaïré tantas veces maldecido por ellos y puesto en el infierno. Sin embargo el P. Sibyla lo sabía y se puso serio, suponiendo que el alcalde había dicho una herejía ó impiedad.

En el otro kiosco comían los niños, presididos por su maestro. Para ser chicos filipinos hacían bastante ruido, pues generalmente en la mesa y delante de otras personas pecan más de cortos que de sueltos. Aquel que equivocaba el uso de los cubiertos era corregido por el vecino; de aquí surgía una discusión y ambos encontraban partidarios: quienes optaban por la cuchara, quienes por el tenedor ó el cuchillo, y como no consideraban á nadie como una autoridad, allí se armaba la de Dios es Cristo ó, más claramente, una discusión de teólogos.

Los padres se guiñaban, se codeaban, se hacían señas y en sus sonrisas se podía leer que eran felices.

—¡Ya!—decía una campesina á un viejo que trituraba buyo en su kalíkut[2];—por más que mi marido no quiera mi Androy será sacerdote. Somos en verdad pobres, pero ya trabajaremos, y si fuese necesario, pediremos limosna. No falta quien dé dinero para que los pobres puedan ordenarse. ¿No dice el hermano Mateo, hombre que no miente, que el Papa Sixto era un pastor de carabaos en Batangas? ¡Pues mirad á mi Andoy, miradle si no tiene ya la cara de San Vicente!