Y á la buena madre se le hacía agua la boca viendo á su hijo coger el tenedor con ambas manos.

—¡Dios nos ayude!—añade el viejo mascando el sapá;—si Andoy llega á ser papa, nos iremos á Roma, ¡jejé! todavía puedo andar bien. Y si me muero... ¡jejé!

—¡Perded cuidado, abuelo! Andoy no se olvidará de que le habéis enseñado á tejer cestos de caña y dikines[3].

—Tienes razón, Petra; yo también creo que tu hijo será gran cosa ... cuando menos patriarca. ¡No he visto otro que en menos tiempo haya aprendido el oficio! Ya, ya se acordará de mí cuando Papa ú obispo se entretenga en hacer cestos para su cocinera. Ya dirá misas por mi alma, ¡jejé!

Y el buen anciano, con esta esperanza, cargó de lleno su kalíkut con mucho buyo.

—Si Dios oye mis ruegos y mis esperanzas se cumplen, diré á Andoy: Hijo, quítanos á todos los pecados y mándanos al cielo. Ya no tendremos necesidad de rezar, ayunar, ni comprar bulas. ¡Quien tiene un hijo santo Papa ya puede cometer pecados!

—Envíale mañana á casa, Petra,—dice entusiasmado el viejo;—le voy á enseñar á labrar el nitô![4]

—¡Hum! ¡abá! ¿Qué creéis, abuelo? ¿Pensáis que los curas mueven todavía las manos? ¡El cura, con ser no más que cura, sólo trabaja en la misa... cuando da vueltas! El arzobispo ya no da vueltas, dice la misa sentado; con que el Papa... el Papa la dirá en la cama, con abanico!... ¿Qué os figurábais?

—No está de más, Petra, que él sepa cómo se prepara el nitô. Bueno es que pueda vender salakots y petacas para no tener que pedir limosna, como lo hace aquí todos los años el cura en nombre del Papa. Me da compasión ver un santo pobre y doy siempre lo que economizo.

Acercóse otro campesino diciendo: