—¡Está decidido, cumare, mi hijo ha de ser doctor; no hay como ser doctor!
—¡Doctor! callaos, cumpare[5],—contesta la Petra;—¡no hay como ser cura!
—¿Cura? ¡brr! ¿cura? ¡El doctor cobra mucho dinero, los enfermos le veneran, cumare!
—¡Por favor! El cura, con dar tres ó cuatro vueltas, y decir déminos pabiscum, come á Dios y recibe dinero. Todos, hasta las mujeres le cuentan sus secretos!
—Y ¿el doctor? Pues ¿qué creéis que es el doctor? El doctor ve todo lo que tenéis las mujeres, toma el pulso á las dalagas... ¡Yo sólo quisiera ser doctor una semana!
—Y ¿el cura? ¿acaso el cura no ve también lo que vuestro doctor? ¡Y todavía mejor! ya sabéis el refrán: gallina gorda y pierna redonda para el cura.
—¿Pues qué? ¿comen los médicos sardinas secas? ¿se lastiman los dedos comiendo sal?
—¿Se ensucia el cura la mano como vuestros médicos? Para eso tiene grandes haciendas, y cuando trabaja, trabaja con música y le ayudan los sacristanes.
—¿Y el confesar, cumare? ¿No es un trabajo?
—¡Vaya un trabajo! ¡Ya quisierais estar confesando á todo el mundo! Con que trabajamos y sudamos para averiguar qué hacen los hombres y las mujeres, qué nuestros vecinos! El cura no hace más que sentarse, y todo se lo cuentan; á veces se duerme, pero suelta dos ó tres bendiciones y somos otra vez hijos de Dios! ¡Yo quisiera ser cura en una tarde de cuaresma!