—¡Lejos!—volvió á gritar con voz amenazadora;—¡qué! ¿teméis que manche mi mano en sangre impura? ¿No os he dicho que mi corazón late tranquilo? ¡Lejos de nosotros! ¡Oid, sacerdotes, jueces, que os creeis otros hombres y os atribuís otros derechos! Mi padre era un hombre honrado; preguntadlo á ese pueblo que venera su memoria. Mi padre era un buen ciudadano: se ha sacrificado por mí y por el bien de su país. ¡Su casa estaba abierta, su mesa dispuesta para el extranjero ó el desterrado que acudía á él en su miseria! Era buen cristiano: ha hecho siempre el bien y jamás oprimió al desvalido, ni acongojó al miserable... A éste le ha abierto las puertas de su casa, le ha hecho sentarse en su mesa y le ha llamado su amigo. ¿Cómo ha correspondido? Le ha calumniado, perseguido, ha armado contra él á la ignorancia, valiéndose de la santidad de su cargo; ha ultrajado su tumba, deshonrado su memoria y le ha perseguido en el mismo reposo de la muerte. Y, no contento con esto, ¡persigue al hijo ahora! Yo le he huído, he evitado su presencia... Vosotros le oisteis esta mañana profanar el púlpito, señalarme al fanatismo popular, y yo me he callado. Ahora viene aquí á buscarme querella; he sufrido en silencio con sorpresa vuestra; pero insulta de nuevo la memoria más sagrada para todos los hijos... Vosotros los que estáis aquí, sacerdotes, jueces, ¿vísteis á vuestro anciano padre desyelarse trabajando para vosotros, separarse de vosotros para vuestro bien, morir de tristeza en una prisión, suspirando por poderos abrazar, buscando un sér que le consuele, solo, enfermo, mientras vosotros en el extranjero?... ¿Oisteis después deshonrar su nombre, hallasteis su tumba vacía cuando quisisteis orar sobre ella? ¿No? ¡Os calláis, luego le condenáis!
Levantó el brazo; pero una joven, rápida como la luz, se puso en medio y con sus delicadas manos detuvo el brazo vengador: era María Clara.
Ibarra la miró con una mirada que parecía reflejar la locura. Poco á poco se aflojaron los crispados dedos de sus manos dejando caer el cuerpo del franciscano y el cuchillo, y cubriéndose la cara huyó al través de la multitud.
[1] Hemos vivido entre esas gentes sólo para enriquecernos y calumniados. [↑]
[3] Cestitos hechos con filamentos de la Dillenia ph. (magnoliáceas). [↑]
[4] Filamentos de un helecho de Filipinas, que se emplean para tejer petacas y salakots. [↑]