Todos se quedaron preguntándose con la mirada. El nombre era nuevo para ellos.
—Y ¿es malo ese nombre?—se atreve al fin á preguntar el rudo aldeano.
—¡Lo peor que un cristiano puede decir á otro!
—¿Peor que tarantado y saragate?[2]
—¡Si no fuese más que eso! Me lo han llamado varias veces así, y ni siquiera me ha dolido el estómago.
—¡Vamos, no será peor que indio[3], que dice el alférez!
El que va á tener un hijo carretero se pone más sombrío; el otro se rasca la cabeza y piensa.
—¡Entonces será como betelopora[4], que dice la vieja del alférez! Peor que eso es escupir en la hostia.
—Pues, peor que escupir en la hostia en Viernes santo,—contestaba gravemente.—Ya os acordáis de la palabra ispichoso, que bastaba aplicar á un hombre para que los civiles de Villa-Abrille se le llevasen al desierto ó á la cárcel; pues plebestiero es mucho peor. Según decían el telegrafista y el directorcillo, plibestiro dicho por un cristiano, un cura ó un español á otro cristiano como nosotros parece santusdeus con requimiternam: si te llaman una vez plibustiero, ya puedes confesarte y pagar tus deudas, pues no te queda más remedio que dejarte ahorcar. Ya sabes si el directorcillo y el telegrafista deben estar enterados: el uno habla con alambres y el otro sabe español y no maneja más que la pluma.
Todos estaban aterrados.