—¡Me parece que no amáis á vuestros hijos como Dios manda!—dice en tono algo severo hermana Rufa.

—Perdonad, cada madre ama á sus hijos á su manera: unas los aman para sí, otras por sí, y algunas para ellos mismos. Yo soy de estas últimas; mi marido así me lo ha enseñado.

—Todos vuestros pensamientos, capitana María,—dice la Rufa como predicando,—son poco religiosos: haceos hermana del Santísimo Rosario, de San Francisco, de Santa Rita ó Santa Clara!

—¡Hermana Rufa, cuando sea digna hermana de los hombres, trataré de ser hermana de los santos,—contestaba la otra sonriendo.

Para acabar con este capítulo de comentarios, y para que los lectores vean siquiera de paso qué pensaban del hecho los sencillos campesinos, nos iremos á la plaza, donde bajo el entoldado conversan algunos, veremos allí á un conocido nuestro, el hombre que soñaba con los doctores en medicina.

—¡Lo que más siento,—decía éste,—es que la escuela ya no se termina!

—¿Cómo? ¿cómo?—preguntaban los circunstantes con interés.

—¡Mi hijo ya no será doctor, sino carretero! ¡Nada! ¡Ya no habrá escuela!

—Quién dice que ya no habrá escuela?—pregunta un rudo y robusto aldeano, de anchas quijadas y estrecho cráneo.

—¡Yo! Los padres blancos han llamado á don Crisóstomo plibastiero[1]. ¡Ya no hay escuela!