—Pero y ¿la excomunión y la condenación?—replicaba la Rufa.—¿Qué son los honores y el buen nombre en esta vida si en la otra nos condenamos? Todo pasa pronto ... pero la excomunión ... ultrajar á un ministro de Jesucristo... ¡eso no lo perdona nadie más que el Papa!
—¡Lo perdonará Dios que manda honrar padre y madre; Dios no le excomulgará! Y yo os digo: si ese joven viene á mi casa, yo le recibo y hablo con él; si tuviese una hija, le querría por yerno: ¡el que es buen hijo será buen marido y buen padre, creedlo, hermana Rufa!
—Pues yo no pienso así; decid lo que queráis, y aunque parezca que tengáis razón, siempre le creeré más al cura. Ante todo, salvo yo mi alma, ¿qué decís, capitana Tinay?
—¡Ah! ¡qué queréis que diga! Ambas tenéis razón; el cura la tiene, ¡pero Dios también la debe tener! Yo no sé, no soy más que una tonta... ¡Lo que voy á hacer es decirle á mi hijo que no estudie más! Dicen que los sabios mueren ahorcados. ¡María Santísima! ¡mi hijo que quería ir á Europa!
—¿Qué pensáis hacer?
—Decirle que se queda á mi lado; ¿para qué saber más? Mañana ó pasado nos morimos, muere el sabio como el ignorante ... la cuestión es vivir en paz.
Y la buena mujer suspiraba y levantaba los ojos al cielo.
—Pues yo,—decía gravemente la capitana María,—si fuese rica como vos, dejaba que mis hijos viajasen: son jóvenes y deben un día ser hombres ... yo ya he de vivir poco ... nos veríamos en la otra vida ... los hijos deben aspirar á ser algo más que sus padres, y en nuestros senos sólo les enseñamos á ser niños.
—¡Ay, qué pensamientos tan raros tenéis!—exclamaba espantada capitana Tinay, juntando las manos;—¡parece que no habéis parido con dolor á vuestros gemelos!
—Por lo mismo que los he parido con dolor, criado y educado á pesar de nuestra pobreza, no quiero que, después de tantas fatigas como me han costado, sean no más que medio hombres...