Las mujeres opinaban de otra manera.

—¡Ay!—suspiraba una mujer de expresión bondadosa;—los jóvenes siempre serán así. Si viviese su buena madre, ¿qué diría? ¡Ay, Dios! Cuando pienso que otro tanto puede pasarle á mi hijo, que también tiene la cabeza caliente... ¡ay, Jesús! casi le tengo envidia á su difunta madre ... me moriría de pena.

—Pues yo no,—contestaba otra mujer;—no me daría pena si tal pasase á mis dos hijos.

—¿Qué decís, capitana María?—exclamaba la primera juntando las manos.

—Me gusta que los hijos defiendan la memoria de sus padres, capitana Tinay; ¿qué diríais si un día, viuda, oyéseis hablar de vuestro marido, y vuestro hijo Antonio bajase la cabeza y se callase?

—¡Yo le negaría mi bendición!—exclama una tercera, la hermana Rufa,—pero...

—¡Negarle la bendición, jamás!—interrumpe la bondadosa capitana Tinay,—una madre no debe decir eso ... pero yo no sé lo que haría ... no sé ... creo que me moriría ... le ... ¡no! ¡Dios mío! pero no querría verle más ... pero ¿qué pensamientos tenéis, capitana María?

—Con todo,—añadía hermana Rufa,—no hay que olvidar que es un gran pecado poner la mano sobre una persona sagrada.

—¡La memoria de los padres es más sagrada!—replica capitana María. ¡Ninguno, ni el Papa, y menos el padre Dámaso puede profanar tan santa memoria!

—¡Es verdad!—murmuraba capitana Tinay admirando la sabiduría de ambas;—¿de dónde sacáis tan buenas razones?