—Y ¿decís que ninguno se movió, ninguno acudió á separarlos, fuera de la hija de Cpn. Tiago?—pregunta capitan Martín.—¿Ninguno de los frailes, ni el alcalde? ¡Hum! ¡Peor que te peor! No quisiera estar en la pelleja del joven. Nadie le podrá perdonar el haberle tenido miedo. ¡Peor que te peor, hum!
—¿Lo creeis?—pregunta con interés capitán Basilio.
—Espero,—dice don Filipo cambiando con éste una mirada,—que el pueblo no le ha de abandonar. Debemos pensar en lo que su familia ha hecho y en lo que está haciendo ahora. Y si acaso, acobardado, el pueblo se calla, sus amigos...
—Pero, señores,—interrumpe el gobernadorcillo,—¿qué podemos hacer nosotros? ¿qué puede hacer el pueblo? Suceda lo que suceda, los frailes siempre tienen razón.
—Tienen siempre razón, porque nosotros siempre se la damos,—contesta don Filipo con impaciencia recargando el acento en la palabra «siempre»;—¡démonosla una vez y entonces hablaremos!
El gobernadorcillo se rascó la cabeza y mirando al techo repuso con voz agria:
—¡Ay! ¡el calor de la sangre! Parece que no sabéis aún en qué país estamos; no conocéis á nuestros paisanos. Los frailes son ricos y están unidos, y nosotros divididos y pobres. ¡Sí! tratad de defenderle y veréis cómo os dejan solo en el compromiso.
—¡Sí!—exclama D. Filipo con amargura,—eso sucederá, mientras se piense así, mientras miedo y prudencia sean sinónimos. Se atiende más á un mal eventual que al bien necesario; al instante se presenta el miedo y no la confianza; cada cual piensa en sí solo, nadie en los demás; por eso todos somos débiles.
—¡Pues bien, pensad en los otros antes que en vos mismo y veréis cómo os dejan colgado!—¿No sabéis el refrán español: la caridad bien entendida empieza por sí mismo?
—¡Mejor diríais—contesta exasperado el teniente mayor—que la cobardía bien entendida empieza por el egoísmo y acaba por la vergüenza! Ahora mismo presento mi dimisión al alcalde; harto estoy de pasar por ridículo sin ser á nadie útil... ¡Adiós!