—Bueno... después del sermón, le hizo llamar y le preguntó por qué había salido. «No entiendo el tagalo, padre», contestó, «Y ¿por qué te has burlado diciendo que aquello era griego?» le gritó el padre Dámaso, dándole un bofetón. El joven contestó, y anduvieron los dos á puñetazos hasta que los separaron.
—Si me ocurriese eso...—murmuró entre dientes un estudiante.
—No apruebo la acción del franciscano,—repuso otro,—pues la religión no se debe imponer á nadie como un castigo ó una penitencia; pero casi lo celebro porque conozco á ese joven, sé que es de San Pedro Macati, y habla bien el tagalo. Ahora, quiere que le tengan por recién venido de Rusia y se honra con aparentar ignorar el idioma de sus padres.
—Entonces, ¡Dios los cría y ellos se pegan!
—Sin embargo debemos protestar contra el hecho,—exclamaba otro estudiante;—callarse sería asentir y lo sucedido puede repetirse en cualquiera de nosotros. ¡Volvemos á los tiempos de Nerón!
—¡Te equivocas!—le replicaba otro.—¡Nerón era un gran artista y el P. Dámaso un pésimo predicador!
Los comentarios de las personas de edad eran otros.
Mientras esperaban la llegada del capitán general en una casita fuera del pueblo, decía el gobernadorcillo:
—Decir quién tiene y quién no tiene razón, no es cosa fácil; sin embargo, si el señor Ibarra hubiese guardado más prudencia...
—¿Si el padre Dámaso hubiese tenido la mitad de la prudencia del señor Ibarra, queriais decir probablemente?—interrumpía don Filipo.—El mal está en que se han trocado los papeles; el joven se ha mostrado como un viejo, y el viejo como un joven.