¿Llegarían al trono de Dios esos gritos que no oyen los hombres? ¿los oiría la Madre de los desgraciados?
¡Ay! la pobre joven, que no había conocido una madre, se atrevía á confiar estos pesares que causan los amores de la tierra á aquel corazón purísimo, que sólo había conocido el amor de hija y el de madre: ella en sus tristezas acudía á esa imagen divinizada de la mujer, la idealización más hermosa de la más ideal de las criaturas, á esa creación poética del Cristianismo, que reune en sí los dos más bellos estados de la mujer, virgen y madre, sin tener sus miserias, y á quien llamamos María.
—¡Madre, madre!—gemía.
Tía Isabel vino á sacarla de su dolor. Habían llegado algunas amigas y el Capitán general deseaba hablarle.
—¡Tía, decid que estoy enferma!—suplicó la joven espantada;—¡me van á hacer tocar el piano y cantar!
—Tu padre lo ha prometido, ¿vas á dejar dar un feo á tu padre?
María Clara se levantó, miró á su tía, retorcióse los hermosos brazos y balbuceó:
—¡Oh! si tuviese yo...
Pero no concluyó su frase y empezó á arreglarse.