XXXVII

Su Excelencia

—¡Deseo hablar con ese joven!—decía S. E. á un ayudante;—ha despertado todo mi interés.

—Ya han ido á buscarle, mi general. Pero aquí hay un joven de Manila que pide con insistencia ser introducido. Le hemos dicho que V. E. no tenía tiempo y que no había venido para dar audiencias sino para ver el pueblo y la procesión, pero ha contestado que V. E. siempre tiene tiempo disponible para hacer justicia...

S. E. se vuelve al alcalde maravillado.

—Si no me engaño,—contesta éste haciendo una ligera inclinación,—es el joven que esta mañana ha tenido una cuestión con el padre Dámaso con motivo del sermón.

—¿Aún otra? ¿Se ha propuesto ese fraile alborotar la provincia, ó cree que él manda aquí? ¡Decid al joven que pase!

S. E. se pasea nervioso de un extremo á otro de la sala.

En la antesala había varios españoles, mezclados con militares y autoridades del pueblo de San Diego y de los vecinos: agrupados en corro conversaban ó disputaban. Encontrábanse también ahí los frailes todos, menos el padre Dámaso, y querían pasar para presentar sus respetos á S. E.

—¡S. E. el Capitán general suplica á VV. RR. que se esperen un momento!—dice el ayudante;—¡pase usted, joven!