Aquel manileño que confundía el griego con el tagalo entró en la sala pálido y tembloroso.

Todos estaban llenos de sorpresa: muy irritado debía estar S. E. para atreverse á hacer esperar los frailes. El padre Sibyla decía:

—¡Yo no tengo nada que decirle!... ¡aquí pierdo tiempo!

—Digo lo mismo,—añade un agustino;—¿nos vamos?

—¿No sería mejor que averiguásemos cómo piensa?—pregunta el padre Salví;—evitaríamos un escándalo ... y ... podríamos recordarle..... sus deberes para con..... la religión.....

—¡VV. RR. pueden pasar, si gustan!—dice el ayudante conduciendo al joven que no entendía el griego, que ahora sale con un rostro en que brilla la satisfacción.

Fray Sibyla entró el primero; detrás venían el padre Salví, el padre Manuel Martín y los otros religiosos. Saludaron humildemente, menos el padre Sibyla, que conservó, aún en la inclinación, cierto aire de superioridad; el padre Salví por el contrario casi dobló la cintura.

—¿Quién de VV. RR. es el padre Dámaso?—preguntó de improviso S. E. sin hacerles sentar, ni interesarse por su salud, sin dirigirles las frases lisonjeras á que estaban acostumbrados tan altos personajes.

—¡El padre Dámaso no está, señor, entre nosotros!—contestó casi con el mismo acento seco el padre Sibyla.

—Yace en cama enfermo el servidor de V. E.,—añade humildemente el padre Salví;—después de tener el placer de saludarle y enterarnos de la salud de V. E., como cumple á todos los buenos servidores del rey y á toda persona de educación, veníamos también en nombre del respetuoso servidor de V. E. que tiene la desgracia...