—Está muy bien, señorita, que usted se contente con su conciencia y con la estimación de sus conciudadanos: á fe que es el mejor premio, y nosotros no debíamos pedir más. Pero no me prive usted de una hermosa ocasión para hacer ver que si la justicia sabe castigar, también sabe premiar y que no siempre es ciega.
Todas las palabras en letra cursiva fueron pronunciadas de un modo más significativo y en voz más alta.
—¡El señor don Juan Crisóstomo Ibarra aguarda las órdenes de V. E.!—dijo en voz alta un ayudante.
María Clara se estremeció.
—¡Ah!—exclamó el Capitán general,—permítame usted, señorita, que le exprese el deseo de volverla á ver antes de dejar este pueblo: tengo aún que decirle cosas muy importantes. Señor alcalde, V. S. me acompañará durante el paseo, que quiero hacer á pie, después de la conferencia que tendré á solas con el señor Ibarra.
—V. E. nos permitirá que le advirtamos,—dijo el padre Salví humildemente,—que el señor Ibarra está excomulgado...
S. E. le interrumpió diciendo:
—Me alegra mucho no tener que deplorar más que el estado del padre Dámaso, á quien deseo sinceramente una curación completa, porque á su edad un viaje á España por motivos de salud no debe ser muy agradable. Pero esto depende de él... y entre tanto ¡que Dios conserve la salud á VV. RR.!
Unos y otros se retiraron.
—Y ¡tanto que depende de él!—murmura al salir el padre Salví.