—¡Veremos quién hará más pronto el viaje!—añadió otro franciscano.
—¡Me voy ahora mismo!—dice despechado el padre Sibyla.
—¡Y nosotros á nuestra provincia!—dijeron los agustinos.
Unos y otros no podían sufrir que, por culpa de un franciscano, S. E. los hubiese recibido fríamente.
En la antesala se encontraron con Ibarra, su anfitrión de hacía algunas horas. No cambiaron con él ningún saludo, pero sí miradas que decían muchas cosas.
El alcalde, por el contrario, cuando ya los frailes habían desaparecido, le saludó y le tendió la mano familiarmente, pero la llegada del ayudante que buscaba al joven no dió lugar á ninguna conversación.
En la puerta se encontró con María Clara: las miradas de ambos se dijeron también muchas cosas, pero bien diferentes de las que hablaron los ojos de los frailes.
Ibarra vestía de riguroso luto. Presentóse sereno y saludó profundamente, sin embargo de que la visita de los frailes no le parecía de buen augurio.
El Capitán general se adelantó hacia él algunos pasos.
—Tengo suma satisfacción, señor Ibarra, en estrechar su mano. Permítame usted que le reciba en el seno de la confianza.