S. E., en efecto, contemplaba y examinaba al joven con marcado contento.
—¡Señor... tanta bondad!...
—Su sorpresa de usted me ofende, me dice que no esperaba de mí un buen recibimiento: ¡esto es dudar de mi justicia!
—Una amistosa acogida, señor, para un insignificante súbdito de Su Majestad como yo, no es justicia, es un favor.
—¡Bien, bien!—dice su excelencia sentándose y señalándole un asiento,—déjenos usted gozar un rato de expansión; estoy muy satisfecho de su conducta y ya le he propuesto al gobierno de S. M. para una condecoración por el filantrópico pensamiento de erigir una escuela... Si usted se me hubiese dirigido, yo habría presenciado con placer la ceremonia y acaso le habría evitado un disgusto.
—El pensamiento me parecía tan pequeño,—contestó el joven,—que no lo creía bastante digno para distraer la atención de V. E. de sus numerosas ocupaciones; además, mi deber era dirigirme antes á la primera autoridad de mi provincia.
S. E. movió la cabeza con aire satisfecho, y adoptando cada vez un tono más familiar, continuó:
—En cuanto al disgusto que usted ha tenido con el padre Dámaso, no guarde ni temor ni rencores: no se le tocará un pelo de su cabeza, mientras yo gobierne las islas; y por lo que respecta á la excomunión, ya hablaré con el arzobispo, porque es menester que nos amoldemos á las circunstancias: aquí no podríamos reirnos de estas cosas en público como en la península ó en la culta Europa. Con todo, sea usted en lo sucesivo más prudente; usted se ha colocado frente á frente de las corporaciones religiosas que, por su significación y su riqueza, necesitan ser respetadas. Pero yo le protegeré á usted porque me gustan los buenos hijos, me gusta que se honre la memoria de los padres; yo también he amado á los míos y ¡vive Dios! no sé lo que habría hecho en su lugar...
Y cambiando rápidamente de conversación, preguntó:
—Me han dicho que viene usted de Europa; ¿estuvo usted en Madrid?