—Sí, señor, algunos meses.
—¿Oyó usted acaso hablar de mi familia?
—Acababa V. E. de partir cuando tuve el honor de ser presentado á ella.
—Y ¿cómo entonces se vino usted sin traerme ninguna recomendación?
—Señor,—contestó Ibarra inclinándose,—porque no vengo directamente de España, y porque, habiéndome hablado del carácter de V. E., he creído que una carta de recomendación no sólo sería inútil, sino hasta ofensiva: los filipinos todos le estamos recomendados.
Una sonrisa se dibujó en los labios del viejo militar, que repuso lentamente como midiendo y pesando sus palabras:
—Me lisonjea que usted piense así, y... ¡así debía ser! Sin embargo, joven, usted debe saber qué cargas pesan sobre nuestros hombros en Filipinas. Aquí, nosotros, viejos militares, tenemos que hacerlo ó serlo todo: rey, ministro de Estado, de Guerra, de Gobernación, de Fomento, de Gracia y Justicia, etc., y lo peor aún es que para cada cosa tenemos que consultar á la lejana madre patria, que aprueba ó rechaza, según las circunstancias, ¡á veces á ciegas! nuestras propuestas. Ya decimos los españoles: ¡el que mucho abarca poco aprieta! Venimos además generalmente conociendo poco el país y le dejamos cuando le empezamos á conocer.—Con usted puedo franquearme, pues sería inútil aparentar otra cosa. Así que, si en España donde cada ramo tiene su ministro, nacido y criado en la misma localidad, donde hay prensa y opinión; donde la oposición franca abre los ojos al gobierno y le ilustra, anda todo imperfecto y defectuoso, es un milagro que aquí no esté todo revuelto, careciendo de aquellas ventajas, y viviendo y maquinando en las sombras una más poderosa oposición. Buena voluntad no nos falta á los gobernantes, pero nos vemos obligados á valernos de ojos y brazos ajenos, que por lo común no conocemos, y que acaso en vez de servir á su país, sólo sirven á sus propios intereses. Esto no es culpa nuestra, es de las circunstancias; los frailes nos ayudan no poco á salir del paso, pero no bastan ya... Usted me inspira interés y desearía que la imperfección de nuestro actual sistema gubernamental no le perjudicase en nada... yo no puedo velar por todos, ni todos pueden acudir á mí. ¿Puedo serle á usted útil en algo, tiene usted algo que pedir?
Ibarra reflexionó.
—Señor,—contestó,—mi mayor deseo es la felicidad de mi país, felicidad que quisiera se debiese á la madre patria y al esfuerzo de mis conciudadanos, unidos una y otros con eternos lazos de comunes miras y comunes intereses. Lo que pido sólo puede darlo el gobierno después de muchos años de trabajo continuo y reformas acertadas.
S. E. le miró por algunos segundos, con una mirada que Ibarra sostuvo con naturalidad.