—¡Es usted el primer hombre con quien hablo en este país!—exclamó tendiéndole la mano.

—V. E. sólo ha visto á los que se arrastran en la ciudad, no ha visitado las calumniadas cabañas de nuestros pueblos: V. E. habría podido ver verdaderos hombres si para ser hombre basta tener un generoso corazón y costumbres sencillas.

El Capitán general se levantó y se puso á pasear de un lado á otro de la sala.

—Señor Ibarra,—exclamó parándose de repente; el joven se levantó;—acaso dentro de un mes parta; su educación de usted y su modo de pensar no son para este país. Venda usted cuanto posee, arregle su maleta y véngase conmigo á Europa: aquel clima le sentaría mejor.

—¡El recuerdo de la bondad de V. E. lo conservaré mientras viva!—contestó Ibarra algo conmovido;—pero debo vivir en el país donde han vivido mis padres...

—¡Donde han muerto, diría usted más exactamente! Créame, acaso conozca su país mejor que usted mismo... ¡Ah! ahora me acuerdo,—exclamó cambiando de tono,—usted se casa con una adorable joven, y le estoy deteniendo aquí. Vaya usted, vaya usted al lado de ella y para mayor libertad envíeme al padre,—añadió sonriendo.—No se olvide usted, sin embargo, de que quiero que me acompañe á paseo.

Ibarra saludó y se alejó.

S. E. llamó á su ayudante.

—¡Estoy contento!—dijo dándole ligeras palmadas en el hombro;—hoy he visto por primera vez cómo se puede ser buen español sin dejar de ser buen filipino y amar á su país; hoy les he demostrado al fin á las reverencias que no todos somos juguetes suyos: este joven me ha proporcionado la ocasión y pronto habré saldado todas mis cuentas con el fraile. ¡Lástima que ese joven algún día ú otro... pero llámame al alcalde!

Este se presentó inmediatamente.