—Señor alcalde,—le dijo al entrar,—para evitar que se repitan escenas, como las que V. S. esta siesta ha presenciado, escenas que deploro porque desprestigian al gobierno y á los españoles todos, me permito recomendarle eficazmente al señor Ibarra, para que no sólo le facilite los medios de llevar á cabo sus patrióticos fines, sino también evite que en adelante le molesten personas de cualquier clase que fueren y bajo cualquier pretesto.
El alcalde comprendió la reprimenda y se inclinó para ocultar su turbación.
—Haga V. S. decir lo mismo al alférez que aquí manda la sección, y averigüe si es verdad que este señor tiene ocurrencias propias, que no dicen los reglamentos: he oído sobre esto más de una queja.
Capitán Tiago se presentó tieso y planchado.
—Don Santiago,—le dijo S. E. en tono afectuoso,—hace poco le felicitaba á usted por la dicha de tener una hija como la señorita de los Santos; ahora le felicito por su futuro yerno: la más virtuosa de las hijas es digna seguramente del mejor ciudadano de Filipinas. ¿Se puede saber cuándo es la boda?
—¡Señor!...—balbucea capitán Tiago, y se limpia el sudor que corría por su frente.
—¡Vamos, veo que aún no hay nada definitivo! Si faltan padrinos, tendré sumo gusto en ser uno de ellos. ¡Es para quitar el mal gusto que me han dejado tantas bodas como hasta aquí he apadrinado!—añadió dirigiéndose al alcalde.
—¡Sí, señor!—contestó capitán Tiago con una sonrisa que inspiraba compasión.
Ibarra fué casi corriendo en busca de María Clara: tenía tantas cosas que decirle y contarle. Oyó alegres voces en una de las habitaciones y llamó ligeramente á la puerta.
—¿Quién llama?—pregunta María Clara.