—¡Yo!

Las voces callaron y la puerta... no se abrió.

—Soy yo, ¿puedo entrar?—pregunta el joven cuyo corazón latía violentamente.

El silencio continuó. Segundos después unos ligeros pasos se acercaron á la puerta y la alegre voz de Sinang murmuró al través del agujero de la cerradura:

—Crisóstomo, vamos al teatro esta noche; escribe lo que tengas que decirle á María Clara.

Y los pasos volvieron á alejarse, rápidos como vinieron.

—¿Qué quiere esto decir?—murmuraba Ibarra pensativo, alejándose lentamente de la puerta.

XXXVIII

La procesión