A la noche, y encendidos ya todos los faroles de las ventanas, salió por cuarta vez la procesión al repique de las campanas y las consabidas detonaciones.

El Capitán general, que había salido á pie en compañía de sus dos ayudantes, capitán Tiago, el alcalde, el alférez é Ibarra, precedidos por guardias civiles y autoridades que abrían paso y despejaban el camino, fué invitado á ver pasar la procesión en casa del gobernadorcillo, que había hecho levantar delante un tablado, para que se recitara una loa en honor del santo patrón.

Ibarra hubiera renunciado gustoso á oir esta composición poética y preferido ver la procesión en casa de capitán Tiago, donde María Clara se había quedado con sus amigas, pero S. E. quería oir la loa y no tuvo más remedio que consolarse con la idea de verla en el teatro.

Principiaba la procesión con los ciriales de plata, llevados por tres enguantados sacristanes; seguían los chicos de la escuela, acompañados del maestro; después los muchachos con los faroles de papel, de forma y colores varios, puestos en el extremo de una caña más ó menos larga y adornada según el capricho del muchacho, pues que esta iluminación la costeaba la niñez de los barrios. Cumplen gustosos con este deber, impuesto por el matandâ sa nayon[1]; cada cual imagina y compone su farol, su fantasía lo adorna con más ó menos perendengues y banderitas, atendiendo también al estado del bolsillo, y lo ilumina con un cabo de vela si tiene un amigo ó pariente sacristán, ó compra una candelita roja que los chinos usan ante sus altares.

En medio van y vienen alguaciles, tenientes de justicia, para cuidar de que las filas no se rompan ni se aglomere la gente, y para ello se valen de sus varas, con cuyos golpes, dados convenientemente y con cierta fuerza, procuran contribuir á la gloria y brillantez de las procesiones para edificación de las almas y lustre de las pompas religiosas.

A la vez que los alguaciles reparten gratis estos santificadores bejucazos, otros, para consolar á los azotados, distribuyen cirios y velas de diferentes tamaños, gratis también.

—Señor alcalde,—dice Ibarra en voz baja,—¿se dan esos golpes en castigo de los pecados ó sólo por gusto?

—¡Tiene usted razón, señor Ibarra!—contesta el Capitán general que oyó la pregunta;—este espectáculo... bárbaro extraña á todo el que viene de otros países. Convendría prohibirlo.

Sin poderse explicar el por qué, el primer santo que aparece es san Juan Bautista. Al verle se diría que la fama del prímo de N. S. no andaba muy bien puesta entre la gente; verdad es que tenía pies y piernas de doncella y cara de anacoreta, pero iba en unas viejas andas de madera y le obscurecían unos cuantos chicos, armados de sus faroles de papel no encendidos, pegándose disimuladamente unos á otros.

—¡Desgraciado!—murmuró el filósofo Tasio, que presenciaba la procesión desde la calle;—¡no te vale ser el precursor de la Buena Nueva, ni el haberse Jesús inclinado ante tí! no te vale tu gran fe ni tu austeridad, ni el morir por la verdad y tus convicciones: todo esto ¡lo olvidan los hombres, cuando no se cuenta más que con los méritos propios! Más vale predicar mal en las iglesias que ser la elocuente voz que clama en el desierto; esto te enseña Filipinas. Si hubieses comido pavo en vez de langostas, vestido seda en vez de pieles y te hubieses afiliado á una corporación...