Pero el viejo suspendió su apóstrofe, pues venía san Francisco.
—¿No lo decía?—continuó sonriendo sarcásticamente;—éste va en carro y ¡Santo Dios, qué carro, cuántas luces y cuántos faroles de cristal! ¡nunca te viste rodeado de tantas lumbreras, Giovanni Bernardone! Y ¡qué música! ¡Otras melodías dejaron oir tus hijos después de tu muerte! Pero, venerable y humilde fundador, si resucitas ahora, no verás sino degenerados Eliases de Cortona, y si te reconocen tus hijos, te encierran y acaso participes de la suerte de Cesáreo de Spira.
Detrás de la música venía un estandarte que representaba al mismo santo, pero con siete alas, llevado por los Hermanos Terceros, vistiendo el hábito de guingón y rezando en alta y lastimera voz.—Sin saberse la causa de ello, venía santa María Magdalena, hermosísima imagen con abundante cabellera, pañuelo de piña bordado entre los dedos cubiertos de anillos, y traje de seda adornada de planchas de oro. Luces é incienso la rodeaban; veíanse sus lágrimas de vidrio reflejar los colores de las luces de Bengala, que daban á la procesión aspecto fantástico; así que la santa pecadora lloraba ora verde, ora rojo, ora azul, etc. Las casas no principiaban á encender estas luces sino cuando pasaba san Francisco; san Juan Bautista no gozaba de estos honores, y pasaba de prisa, avergonzado de ir el único vestido de pieles entre tanta gente cubierta de oro y piedras preciosas.
—¡Allí va nuestra santa!—dice la hija del gobernadorcillo á sus visitas;—le he prestado mis anillos, pero es para ganar el cielo.
Los alumbrantes deteníanse alrededor del tablado para oir la loa, los santos hacían lo mismo: ellos ó sus portadores querían oir versos. Los que cargaban á san Juan, cansados de esperar, se sentaron en cuclillas y convinieron en dejarle en el suelo.
—Puede regañar el alguacil,—objetó uno.
—¡Quizá en la sacristía le dejan en un rincón entre telarañas!...
Y san Juan, una vez en el suelo, llegó á ser como gente del pueblo.
A partir de la Magdalena vienen las mujeres, sólo que en vez de empezar por las niñas, como entre los hombres, venían primero las viejas cerrando las solteras la procesión hasta el carro de la Virgen, detrás del cual venía el cura bajo su palio. Esta costumbre la tenían del padre Dámaso que decía: «A la Vírgen le gustan las jóvenes y no las viejas», lo que hacía poner mala cara á muchas beatas, pero no cambiar el gusto de la Vírgen.
San Diego seguía á la Magdalena, aunque no parecía alegrarse de ello, pues continuaba compungido como esta mañana cuando iba detrás de san Francisco. Tiran de su carro seis Hermanas Terceras por no sé qué promesa ó enfermedad: es el caso que tiran, y con afán. San Diego se detiene delante del tablado y aguarda á que le saluden.