Pero hay que esperar el carro de la Virgen, precedido de gente vestida de fantasma, que asusta á los chicos, y por eso se oye un llorar y chillar de los bebés imprudentes. Sin embargo, en medio de aquella masa obscura de hábitos, capuchones, cordones y tocas, al son de aquel rezo monótono y gangoso, vense, como blancos jazmines, como frescas sampagas entre trapos viejos, doce niñas vestidas de blanco, coronadas de flores, el cabello rizado, de miradas brillantes como sus collares; parecían geniecillos de la luz prisioneros de los espectros. Iban cogidas á dos anchas cintas azules sujetas al carro de la Virgen, recordando á las palomas que arrastran el de la Primavera.
Ya todas las imágenes estaban atentas, pegadas unas á otras para escuchar los versos; todo el mundo tenía los ojos fijos en la entreabierta cortina; al fin un ¡aaah! de admiración se escapó de todos los labios.
Y lo merecía: era un jovencito con alas, botas de montar, banda, cinturón y sombrero con plumajes.
—¡El señor alcalde mayor!—gritó uno, pero el prodigio de la creación empezó á recitar una poesía como él y no se dió por ofendido de la comparación.
¿Para qué trasladar aquí lo que dijo en latín, tagalo y castellano, todo versificado, la pobre víctima del gobernadorcillo? Nuestros lectores han saboreado ya el sermón del padre Dámaso de esta mañana, y no queremos mimarlos con tantas maravillas, además de que el franciscano podrá mirarnos con rencor si le buscamos un competidor, y esto es lo que no queremos, gente pacífica como tenemos la fortuna de ser.
Continuó después la procesión: san Juan siguió su calle de amarguras.
Al pasar la Virgen por delante de la casa de capitán Tiago, un canto celestial la saludó con las palabras del arcángel. Era una voz tierna, melodiosa, suplicante, llorando el Ave María de Gounod, acompañándose del piano que oraba con ella. La música de la procesión enmudeció, el rezo cesó y el mismo padre Salví se detuvo. La voz estremecía y arrancaba lágrimas: expresaba más que una salutación, una plegaria, una queja.
Ibarra oyó la voz desde la ventana donde estaba, y el terror y la melancolía descendieron sobre su corazón. Comprendió lo que aquel alma sufría y expresaba en un canto y temió preguntarse la causa de aquel dolor.
Sombrío, pensativo le encontró el Capitán general.
—Me acompañará usted en la mesa; allí hablaremos de esos niños que han desaparecido,—le dijo.