—¿Seré yo la causa?—murmuraba el joven mirando sin ver á S. E., á quien siguió maquinalmente.
[1] Literalmente, el viejo del barrio. [↑]
XXXIX
Doña Consolación
¿Por qué están cerradas las ventanas de la casa del alférez? ¿Dónde estaban, mientras pasaba la procesión, la cara masculina y la camisa de franela de la Medusa ó la Musa de la guardia civil? ¿Habrá comprendido doña Consolación lo desagradables que eran su frente surcada de gruesas venas, conductoras, al parecer, no de sangre, sino de vinagre y hiel, el grueso tabaco, digno adorno de sus morados labios, y su envidiosa mirada, y, cediendo á un generoso impulso, no ha querido turbar con su aparición siniestra las alegrías de la multitud?
¡Ay! para ella los impulsos generosos vivieron en la Edad de oro.
La casa está triste porque el pueblo se alegra, como decía Sinang; no tiene ni faroles ni banderas. Si el centinela no se pasease delante de la puerta, se diría que la casa está deshabitada.
Una débil luz alumbra la desarreglada sala, y pone transparentes las sucias conchas[1] en que se ha agarrado la telaraña é incrustado el polvo. La señora, según su costumbre de estar mano sobre mano, dormita en un ancho sillón. Viste como todos los días, es decir, mal y horriblemente: por todo tocado un pañuelo atado á la cabeza, dejando escapar delgados y cortos mechones de cabellos enmarañados; la camisa de franela azul, sobre otra que debió haber sido blanca, y una falda desteñida que modela los delgados y aplanados muslos, colocados uno sobre otro y agitándose febrilmente. De su boca van saliendo bocanadas de humo, que arroja con fastidio al espacio hacia donde mira cuando abre los ojos. Si en aquel momento la hubiese visto don Francisco de Cañamaque[2] la habría tomado por un cacique del pueblo ó el mankukulam[3], adornando después su descubrimiento con comentarios en lengua de tienda, inventada por él para su uso particular.