Aquella mañana, la señora no había oído misa, no porque no hubiese querido, al contrario, quería enseñarse á la multitud y oir el sermón, pero el marido no se lo había permitido, y la prohibición iba acompañada, como siempre, de dos ó tres insultos, juramentos y amenazas de puntapiés. El alférez comprendía que su hembra vestía ridículamente, que olía á eso que llaman querida de soldados, y que no convenía exponerla á las miradas de los personajes de la cabecera ni de los forasteros.

Pero ella no lo entendía así. Sabía que era hermosa, atractiva, que tenía aires de reina y que vestía mucho mejor y con más lujo que la misma María Clara: ésta iba de tapis, ella de saya suelta. Fué necesario que el alférez le dijese:—¡O te callas ó te envío á puntapiés á tu p... pueblo!

Doña Consolación no quería volver á puntapiés á su pueblo, pero pensó en la venganza.

Jamás fué propia para infundir confianza en nadie la faz obscura de la señora, ni cuando se pintaba, pero aquella mañana inquietó grandemente, sobre todo cuando la vieron recorrer la casa de un extremo á otro, silenciosa y como meditando algo terrible ó maligno: su mirada tenía el reflejo que brota de la pupila de una serpiente cuando, cogida, va á ser aplastada: era fría, luminosa, penetrante, y tenía algo de viscoso, asqueroso y cruel.

La más pequeña falta, el más insignificante inusitado ruido le arrancaban un torpe é infame insulto que abofeteaba al alma, pero nadie respondía: excusarse era otro crimen.

Así se pasó el día. No encontrando un obstáculo que se le pusiese delante,—el marido estaba convidado,—se saturaba de bilis: creeríase que las células de su organismo se cargaban de electricidad y amenazaban estallar en una infame tormenta. Todo á su alrededor se plegaba, como las espigas al primer soplo del huracán; no encontraba resistencia, no hallaba ninguna punta ó eminencia para descargar su mal humor: soldados y criados se arrastraban á su lado.

Para no oir el regocijo exterior, mandó cerrar las ventanas y encargó al centinela no dejara pasar á nadie. Atóse un pañuelo á la cabeza como para evitar que estallara, y á pesar de que el sol brillaba aún, mandó encender luces.

Sisa, como vimos, fué detenida por perturbadora del orden y conducida al cuartel. El alférez no estaba entonces, y la infeliz tuvo que pasar la noche en un banco, con la mirada indiferente. Al siguiente día vióla el alférez, y temiendo por ella en aquellos días de algarabía, y no queriendo dar un espectáculo desagradable, encargó á los soldados la tuviesen custodiada, la tratasen con piedad y le diesen de comer. Así pasó la demente dos días.

Esta noche, sea que la vecindad de la casa de capitán Tiago haya llevado hasta ella el triste canto de María Clara, sea que otros acordes despertasen sus antiguos cantos, sea la causa que fuese, Sisa empezó también á cantar con su voz dulce y melancólica los kundiman[4] de su juventud. Los soldados la oían y se callaban: ¡ay! aquellos aires despertaban antiguos recuerdos, los recuerdos del tiempo en que aún no se habían corrompido.

Doña Consolación la oyó también en su aburrimiento, y enterada de la persona que cantaba: