Aquel día tuvo por prudente callarse; dejó á su mujer y fué á consultar cuidadosamente los impresos. Aquí su admiración llegó al colmo; restregóse los ojos:—¡A ver... despacio!—Filipinas decían todos los impresos bien deletreados: ni él ni su mujer tenían razón.
—¿Cómo?—murmuraba,—¿puede mentir la historia? ¿No dice este libro que Alonso Saavedra había dado este nombre al país en obsequio al infante don Felipe? ¿Cómo se corrompió este nombre? ¿Si sería un indio el tal Alonso Saavedra?...
Consultó sus dudas al sargento Gómez, que en su mocedad había deseado ser cura. Este, sin dignarse mirarle y arrojando una bocanada de humo, le contestó con la mayor prosopopeya:
—En los tiempos antiguos decíase Filipi en vez de Felipe; nosotros los modernos, como nos volvemos franchutes, no podemos tolerar dos is seguidas. Por esto la gente culta, en Madrid sobre todo, ¿no has estado en Madrid? la gente culta, digo, ya empieza á decir: menistro, enritación, embitación, endino, etc., que es lo que se llama montarse á la moderna.
El pobre cabo no había estado en Madrid; hé aquí por qué ignoraba el busilis. ¡Qué cosas se aprenden en Madrid!
—¿De modo que hoy se debe decir?...
—¡A la antigua, hombre! este país aún no es culto, ¡á la antigua: Filipinas!—contestó Gómez con desprecio.
El cabo, si era mal filólogo, era en cambio un buen marido: lo que acababa de aprender, su mujer debía saberlo también y continuó la educación.
—Consola, ¿cómo llamas á tu p... país?
—¿Cómo lo he de llamar? como me lo enseñaste: Felifenas.