—¡Te tiro la silla, p...! ayer ya lo pronunciabas algo mejor, á la moderna; pero ahora hay que pronunciarlo á la antigua! Feli, digo, ¡Filipinas!
—¡Miro que yo no soy ninguna antigua! ¿qué te has creido?
—¡No importa! ¡dí Filipinas!
—¡No me da la gana! Yo no soy ningún trasto viejo... apenas treinta añitos,—contestó remangándose como disponiéndose al combate.
—¡Dilo, rep..., ó te tiro la silla!
Consolación vió el movimiento, reflexionó y balbuceó respirando fuertemente:
—Feli... Fele... File...
¡Pum! ¡crracc! la silla concluyó con la palabra.
Y la lección terminó á puñetazos, arañazos, bofetones. El cabo la cogió del cabello, ella á él de la perilla y de otra parte del cuerpo—morder no podía, porque los dientes se le movían todos—el cabo dió un grito, soltóla, pidióle perdón, brotó la sangre, hubo un ojo más rojo que el otro, una camisa hecha jirones, salieron muchos órganos de sus escondites, pero Filipinas no salió.
Aventuras parecidas sucedían cada vez que se trataba del lenguaje. El cabo, que veía los progresos lingüísticos de ella, calculaba con dolor que en diez años su hembra perdería por completo el uso de la palabra. En efecto, así sucedió. Cuando se casaron, ella entendía aún el tagalo y se hacía entender en español; ahora, en la época de nuestra narración, ya no hablaba ningún idioma: se había aficionado tanto al lenguaje de los gestos, y de éstos escogía los más ruidosos y contundentes, que daba quince y falta al inventor del volapük.