Sisa, pues, tuvo la fortuna de no comprenderla. Desarrugándose un poco sus cejas, una sonrisa de satisfacción animó su cara; indudablemente ya no sabía el tagalo, era ya orofea.

—¡Asistente, di á ésta en tagalo que cante! ¡No me comprende, no sabe el español!

La loca comprendió al asistente y cantó la canción de la noche.

Doña Consolación oía al principio con risa burlona, pero la risa desapareció poco á poco de sus labios, se puso atenta, después seria y algo pensativa. La voz, el sentido de los versos y el canto mismo la impresionaban: aquel corazón árido y seco estaba tal vez sediento de lluvia. Ella lo comprendía bien: «La tristeza, el frío y la humedad que descienden del cielo envueltos en el manto de la noche,» según el kundiman, le parecía que descendían también sobre su corazón; «la flor mustia y marchita que, durante el día había ostentado sus galas, deseosa de aplauso y llena de vanidad, al caer la tarde, arrepentida y desengañada, hace un esfuerzo para levantar sus ajados pétalos al cielo, pidiendo un poco de sombra para ocultarse y morir sin la burla de la luz que la vió en su pompa, sin ver la vanidad de su orgullo, un poco de rocío también que llore sobre ella. El ave nocturna deja su solitario retiro, el hueco del añoso tronco, y turba la melancolía de las selvas»...

—¡No, no cantes!—exclamó la alféreza en perfecto tagalo levantándose agitada; ¡no cantes! ¡esos versos me hacen daño!

La loca se calló; el asistente soltó un: ¡Abá! sabe palá tagalog! y quedóse mirando á la señora lleno de admiración.

Esta comprendió que se había delatado; avergonzóse, y, como su naturaleza no era la de una mujer, la vergüenza tomó el aspecto de rabia y odio. Señaló la puerta al imprudente, y de un puntapié la cerró detrás de él. Dió unas cuantas vueltas por el aposento, retorciendo entre sus nervudas manos el látigo, y, parándose de pronto delante de la loca, le dijo en español:—¡Baila!

Sisa no se movió.

—¡Baila, baila!—repitió con voz siniestra.

La loca la miraba con ojos vagos, sin expresión: la alféreza le levantó un brazo, después otro, sacudiéndoselos: inútil, Sisa no comprendía.