Y ella misma, cogiéndola con una mano y azotándola con la otra, empezó á saltar y á bailar.

La loca la comprendió al fin, y siguió moviendo descompasadamente los brazos. Una sonrisa de satisfacción contrajo los labios de la maestra, sonrisa de un Mefistófeles hembra que consigue sacar un gran discípulo; había odio, desprecio, burla y crueldad: con una carcajada no hubiera expresado más.

Y, absorta en el goce de su espectáculo, no oyó llegar á su marido hasta que se abrió estrepitosamente la puerta de un puntapié.

Apareció el alférez pálido y sombrío; vió lo que allí pasaba y lanzó una terrible mirada á su mujer. Esta no se movió de su sitio y quedóse sonriendo cínicamente.

El alférez puso lo más dulcemente que pudo la mano sobre el hombro de la extraña bailarina y la hizo parar. La loca respiró y sentóse poco á poco en el suelo, manchado de su sangre.

El silencio continuó: el alférez respiraba con fuerza; la hembra que le observaba con ojos interrogadores, recogió el látigo y le preguntó con voz tranquila y lenta:

—¿Qué te pasa? ¡No me has dado siquiera las buenas noches!

El alférez, sin contestar, llamó al asistente.

—¡Llévate á esa mujer,—dijo;—que la Marta le dé otra camisa y la cure! Tú le darás bien de comer, una buena cama... ¡cuidado con que se la trate mal! Mañana se la conducirá á casa del señor Ibarra.

Después cerró cuidadosamente la puerta, puso el cerrojo y se acercó á su señora.