—¡Tú estás buscando que yo te reviente!—le dijo cerrando los puños.
—¿Qué te pasa?—preguntó ella levantándose y retrocediendo.
—¿Qué me pasa?—gritó con voz de trueno, soltando una blasfemia y enseñándole un papel lleno de garabatos, continuó:
—¿No has escrito tú esta carta al alcalde, diciendo que se me paga para permitir el juego, so p...? ¡Yo no sé cómo no te machaco!
—¡A ver! ¡á ver si te atreves!—díjole ella riendo burlonamente; ¡el que me machaque ha de ser más hombre que tú!
Él oyó el insulto, pero vió el látigo. Cogió un plato de los que estaban sobre una mesa, y se lo arrojó á la cabeza; la mujer, acostumbrada á estas luchas, se baja rápidamente y el plato se estrella contra la pared; igual suerte les cupo á una taza y á un cuchillo.
—¡Cobarde!—le dice ella,—no te atreves á acercarte.
Y le escupe para exasperarle más. El hombre se ciega y bramando se arroja sobre ella, pero ésta, con una rapidez asombrosa, le cruza la cara á latigazos, y échase á correr atropelladamente, encerrándose en su cuarto, cuya puerta cierra violentamente. Rugiendo de ira y dolor persíguela el alférez y sólo consigue darse contra la puerta que le hace vomitar blasfemias.
—¡Maldita sea tu descendencia, marrana! Abre, p.... ¡abre, si no te rompo la crisma!—aullaba golpeando la puerta con sus puños y pies.
Doña Consolación no contestaba. Oíase un crujir de sillas y baúles, como quien quiere levantar una barricada con muebles caseros. La casa cimbraba á los puntapiés y juramentos del marido.