—¡No entres, no entres!—decía la voz agria de la mujer;—si te asomas te pego un tiro.

El pareció calmarse poco á poco y se contentó con pasearse de un extremo á otro de la sala como una fiera en su jaula.

—¡Vete á la calle á refrescarte la cabeza!—continuaba burlándose la mujer, que parecía haber concluído ya sus preparativos de defensa.

—¡Te juro que como te coja, no te ve ni Dios, so cochina p...!

—¡Sí! ya puedes decir lo que quieras... ¡no querías que fuese á misa! ¡no me dejabas cumplir con Dios!—decía con sarcasmo, como ella sola lo sabía hacer.

El alférez cogió su capacete, arreglóse un poco y se marchó á grandes pasos, pero al cabo de algunos minutos volvió sin hacer el menor ruido: se había quitado las botas. Los criados, acostumbrados á estos espectáculos, solían aburrirse, pero la novedad de las botas llamó la atención, y unos á otros se guiñaron los ojos.

Sentóse el alférez en una silla, al lado de la sublime puerta, y tuvo la paciencia de esperar más de media hora.

—¿Has salido de veras ó estás allí, cabrón?—preguntaba la voz de vez en cuando, cambiando de epítetos, pero subiendo de tono.

Por fin ella comenzó á retirar poco á poco los muebles; él oía el ruido y se sonreía.

—¡Asistente! ¿ha salido el señor?—gritó doña Consolación.