El gran tablado está espléndidamente iluminado: miles de luces rodean los puntales, penden del techo y siembran el suelo en apiñados grupos. De ellas cuídase un alguacil y cuando se adelanta para arreglarlas, el público le silba y grita:—¡Ya está, ahí está!

Delante del escenario templa la orquesta los instrumentos, preludia aires; detrás de ésta se encuentra el sitio de que hablaba el corresponsal en su carta. La principalía del pueblo, los españoles y los ricos forasteros iban ocupando las alineadas sillas. El pueblo, la gente sin títulos ni tratamientos, ocupaba el resto de la plaza; algunos cargaban un banco á cuestas, más que para sentarse para remediar la falta de estatura: esto provocaba ruidosas protestas por parte de los desbancados; aquellos descendían inmediatamente, pero pronto volvían á subir como si nada hubiera pasado.

Idas y venidas, gritos, exclamaciones, carcajadas, un buscapié rezagado, un reventador ó petardo aumentaban el bullicio. Acá se le rompe el pie á un banco y caen al suelo, á las risotadas de la multitud, personas que habían venido de lejos para ver, y ahora resultaban vistas; allá riñen y disputan por el sitio; un poco más distante se oye un estrépito de copas y botellas que se rompen: es Andeng que lleva refrescos y bebidas; con ambas manos sostiene cuidadosa la ancha bandeja, pero se encuentra con el novio que quiere aprovecharse de la situación...

El teniente mayor, don Filipo, preside el espectáculo, pues el gobernadorcillo es aficionado al monte; don Filipo habla con el viejo Tasio:

—¿Qué he de hacer?—decía;—el alcalde no ha querido admitir mi dimisión; «¿no se siente usted con fuerzas para cumplir con sus deberes?» me preguntó.

—Y ¿qué le ha contestado usted?

—¡Señor alcalde! le contesté; las fuerzas de un teniente mayor, por insignificantes que pudiesen ser, son como las de toda autoridad: vienen de esferas superiores. El rey mismo recibe las suyas del pueblo, y el pueblo de Dios. Carezco de esto precisamente, señor alcalde.—Pero el alcalde no me quiso escuchar y me dijo que ya hablaríamos de esto después de las fiestas.

—¡Entonces que Dios ayude á usted!—dijo el viejo y trató de irse.

—¿No quiere usted ver la función?

—¡Gracias! para soñar y disparatar me basto yo solo,—contestó con risa sarcástica el filósofo;—pero ahora me acuerdo, ¿no ha llamado nunca su atención el carácter de nuestro pueblo? Pacífico, gusta de espectáculos belicosos, de luchas sangrientas; demócrata, adora emperadores, reyes y príncipes; irreligioso, se arruina por las pompas del culto; nuestras mujeres tienen un carácter dulce y deliran cuando una princesa blande la lanza... ¿sabe usted á qué se debe esto? Pues...